El caso Epstein no es solo la historia de un individuo que cometió abusos extremos; es, sobre todo, el espejo de un sistema que falló —y en muchos sentidos, eligió no ver. Poder, dinero, prestigio y silencio se articularon para sostener la impunidad durante años, mientras las víctimas quedaban desacreditadas, solas o directamente ignoradas.
Interpela porque muestra cómo el abuso no ocurre en el vacío: necesita redes, complicidades, miradas que se corren y una cultura que relativiza el daño cuando quien lo ejerce “tiene nombre”. También nos recuerda algo incómodo pero necesario: creer a las víctimas no es un gesto moral abstracto, es una responsabilidad ética y social.
Más allá del escándalo, la pregunta que queda abierta es qué hacemos como sociedad para que el poder no siga siendo un refugio para la violencia, y para que el cuidado —especialmente de niños, niñas y adolescentes— esté siempre por encima de cualquier privilegio.