Hace unos días que vengo lidiando con estás dos emociones, por eso les comparto esta breve reflexion:
A muchos varones nadie nos enseñó a reconocer la tristeza, el miedo o la frustración. Entonces, cuando la angustia aparece, no se siente como angustia: se transforma en enojo, irritabilidad, silencio, distancia o explosión. El cuerpo y el carácter hablan lo que no tuvo permiso de decirse con palabras.
El enojo, en ese sentido, no siempre es violencia ni falta de control. Muchas veces es un intento torpe de defensa, una forma aprendida de no sentirse vulnerable. Porque a muchos hombres se nos pidió aguantar, resolver, no molestar, no quebrarse.
El problema no es sentir enojo. El problema es no saber qué lo está sosteniendo. Cuando la angustia no se nombra, el enojo se acumula. Y cuando se acumula, suele salir contra quienes más cerca están.
Aprender a manejar el enojo no es aprender a callarlo, sino aprender a leerlo:
¿qué duele?, ¿qué falta?, ¿qué límite no está pudiendo ponerse?, ¿qué cansancio no se está escuchando?
Cuidar la salud mental de los hombres implica habilitar algo profundamente humano:
poder estar mal sin sentirse débiles,
poder pedir ayuda sin vergüenza,
y aprender que expresar lo que pasa por dentro no quita fuerza, la ordena.
Porque cuando la angustia encuentra palabras, el enojo deja de ser el único idioma posible.
¿Cómo transitan estas emociones? ¿Se sienten identificados con esta reflexión?
