“No hay que llorar frente a tus hijos.”

¿Alguna vez lloraste frente a tus hijos y te preguntaste si estaba bien o mal? :thinking:
A veces creemos que, como padres, debemos ser un escudo impenetrable, que nuestras lágrimas podrían asustarlos o hacerlos sentir inseguros. Pero, ¿y si llorar frente a ellos no es un error, sino una oportunidad? :seedling:

Llorar es humano, es parte de sentir y de expresar lo que nos pasa por dentro. Cuando lloramos frente a nuestros hijos, les estamos mostrando que las emociones son naturales, que está bien estar triste, frustrado o emocionado. Les enseñamos que no tienen que esconder sus sentimientos, que la vulnerabilidad no es debilidad, sino valentía :flexed_biceps::sparkling_heart:

Eso sí, también es importante acompañar ese momento. Explicarles, según su edad, qué es lo que sentimos y por qué. No para que se preocupen, sino para que comprendan que hasta los adultos lidiamos también con nuestras propias emociones y seguimos adelante.

Así que, si alguna vez sentiste culpa por llorar frente a ellos, recordá que también les estás dejando una lección poderosa: que no hace falta ser perfecto para ser fuerte. ¿Qué te parece? ¿Vos qué harías en ese momento? :blush:

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Si uno quiere romper patrones debe comenzar cambiando actitudes y una de esas es ocultar los sentimientos. Que nuestros hijos vean que somos vulnerables también les enseña a ellos mismos muchísimas cosas y muchas veces ellos mismos tienen gestos que jamás esperaríamos y aprendemos de ellos.

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Me encanta que estemos hablando de esto acá, porque muchos crecimos con el mensaje contrario: “los hombres no lloran”, “hay que puro aguantar”, “si llorai, vai a asustar a tus hijos”.

Lo que muestra tanto la experiencia como la evidencia es casi al revés: cuando los papás podemos mostrar emociones de forma cuidadosa y acompañada, les ofrecemos a nuestras hijas e hijos algo muy potente: un modelo de masculinidad donde sentir no es un problema, es parte de estar vivos.

Para mí, la clave no es “llorar o no llorar” delante de ellos, sino cómo lo hacemos:

  • Si me quiebro, después respiro y les explico con palabras simples qué me pasa (“estoy triste por algo del trabajo, pero no es tu culpa, y voy a estar bien”).

  • Si se asustan, les doy espacio para preguntar y también para abrazar, sin cargarles la mochila de “arreglar” lo que me pasa.

  • Y también me permito mostrar otras emociones: alegría, ternura, miedo, sin que eso signifique dejar de ser un adulto que cuida.

Los programas de paternidad que trabajan con hombres en distintos países han ido encontrando algo muy bonito: cuando los papás se involucran más en el cuidado, juegan, cambian pañales, contienen, ponen límites con respeto y también se muestran vulnerables, las niñas y los niños:

  • desarrollan mejor sus habilidades emocionales
  • confían más en que pueden contar lo que sienten
  • y aprenden que “ser fuerte” no es tragarse todo, sino pedir ayuda cuando la necesitan

Entonces, si alguna vez lloraste delante de tus hijos, para mí y solo para mi, desde donde lo escribo… no es un error: es una oportunidad.

Una oportunidad de decirles, con el cuerpo y con la voz, que en esta casa las emociones se nombran, se comparten y se acompañan.

Y también es una oportunidad para nosotros, como hombres, de ensayar otro guion: uno donde no tenemos que ser de piedra para ser buenos papás, sino suficientemente presentes, honestos y cuidadosos.

Me quedo con más preguntas que me activan sus miradas. ¿qué necesitan ver y escuchar nuestras hijas e hijos de nosotros para aprender que sentir no los hace menos fuertes, sino más humanos?

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